«El último grito. Pensamientos del 2020», por Guadalupe Fernández

     A veces siento que escribimos (que escribo) para que quede algún registro de que estuve (estoy, estamos) acá. Hay algo de la palabra que abraza, sostiene y asegura los márgenes necesarios entre lo que pienso y lo real, sabiendo bien que nunca alcanza, que la esencia se pierde en el camino que conecta la catástrofe de las ideas con las teclas sin alma de una computadora ensamblada por decenas de manos humanas. Entonces pienso (y más que pensar, sentir) en todas las generaciones de mujeres que me precedieron, todo lo que ellas nunca pudieron decir porque el tiempo está contado y el tiempo es hostil, el tiempo no perdona y parece no tener memoria. Entonces, de nuevo, siento y pienso y mastico y escupo lo que yo supongo que ellas nos quisieron advertir en su silencio. Lejos de tranquilizarme, enojadas gritan: “¡a ver si la próxima la pensás mejor antes de nacer ser humano!”. 

     Como una especie de retorno a la vida, en cada acto emerge la posibilidad de lo que deberíamos haber hecho. Como si la distancia nos invitara a pensar que siempre supimos qué hacer, solo faltaba hacerlo. Qué fácil decirlo así, cuando los muertos no vuelven y nosotros aprendemos a morir cada vez más rápido, más en silencio, más dóciles, y sobre todo, más solitarios. Aunque sea los animales se alejan de los demás para morir, mientras que el humano actual aprendió a ver caer desplomados a sus hermanos; y aprendió que eso está bien, que es el flujo natural de la vida, que ya alguien recogerá el cuerpo, que me atrasé dos horas en el subte y por qué le cagan la vida así a la gente que está yendo a laburar. Y otro grito nos sugiere: “¡a ver si ese próximo cuerpo es el tuyo!”, pero no escuchamos, no miramos las vías del subte y olvidamos. Aunque sea la guerra de trincheras nos regalaba la dignidad de asociar la brutalidad con la pérdida de un amigo. 

     Esto está bien, esto está mal.

     Matar gente no está bien, dejar morir está mal.

     La trinchera no existe más y los amigos están en peligro.

     Tuvimos una casa que no llegó a ser hogar, pero que definitivamente era casa y era nuestra. Hasta que tuvimos que inventar trinchera en ese no-hogar por la amenaza del contagio. Un refugio, un lugar donde morir si hacía falta, donde pausar la vida y seguir, seguir, seguir. El tiempo pasó espeso, bajó hasta las tripas a la fuerza, y ese tiempo (contado, hostil, que no perdona, sin memoria) se instaló con un mensaje claro: podemos vivir sin el otro.

     El otro contagia, el otro me quiere hacer mal, el otro es peligroso. 

     Que devino en: el otro tiene que ser eliminado para no contagiar.

     Y mañana será algo habrán hecho.

     Desde mi trinchera me pregunto si habrá sido suficiente con ignorar los gritos, si podré ser feliz negando la humanidad del otro. Desde la trinchera de enfrente, el otro se pregunta si alguna vez recuperará lo perdido entre el primer grito y la última persona que lo escuchó. 

     Y de nuevo, el llamado: “ahora que no le perteneces a la tierra, nos perteneces a nosotros”.