Hay zonas del cuerpo que no tienen mucho protagonismo: el codo es una de ellas. Zona difícil de mirar directamente, con pliegues al modo de un fuelle, necesario para la extensión y flexión del brazo y del antebrazo. Así y todo, participó de varios refranes y dichos populares, en los cuales no era muy elogiado. Entre otros encontramos: “codito de oro” para nombrar una persona amarreta; “borrar con el codo lo que escribió con la mano”; “empinar el codo”; “hablar hasta por los codos”. Y ahora, en épocas de pandemia, se lo nombra día a día. Pero reivindicando al codo, podemos decir que, sin la posibilidad de flexionar nuestros brazos y antebrazos a la altura del codo, no nos podríamos abrazar. La anatomía incluyó este pliegue para que los seres humanos se estrechen en un rotundo abrazo. El reverso del codo, llamado ahora “pliegue” es también una de esas zonas que no tiene un nombre propio: es accesoria al codo. Hace años escribí en el libro Marea en las manos este poema:
Pedestal de la mano
que sostiene el sueño más antiguo,
huellas simias, agrietadas, calvas.
Pico del abismo ahuesado y pulido,
el codo es una esquina
que oculta en su reverso
el rincón de la primera almohada.
Con el deseo de dejar de saludarnos con el codo y de abandonar la costumbre de toser en su pliegue, al modo de una oración profana, recemos, pensando en el futuro, con estas líneas de Mario Benedetti:
Si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.
Chan chan.









